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La ciencia desmonta el mito de la “sangre dulce” 

Es una situación común en los hogares ecuatorianos, especialmente en las zonas cálidas de la Costa o durante las épocas lluviosas: mientras en una misma habitación alguien termina la noche lleno de ronchas y picaduras, otra persona parece ser completamente invisible para los insectos. Durante generaciones, la sabiduría popular ha atribuido esta disparidad a tener la “sangre dulce”. Sin embargo, la ciencia confirma que la explicación detrás de este fenómeno es puramente química, genética y evolutiva.

De acuerdo con un análisis de investigaciones científicas publicado por la Agencia SINC, la atracción de estos insectos está determinada por un complejo sistema sensorial y no por mitos urbanos. 

Los humanos no somos su primera opción 

Contrario a lo que se piensa, los seres humanos estamos lejos de ser la prioridad en el menú de estos insectos. De las más de 3,700 especies de mosquitos identificadas en el planeta, solo en torno al 6 % busca a los seres humanos. La gran mayoría prefiere alimentarse de diversas especies de la fauna silvestre o doméstica. 

Además, esta necesidad de sangre no responde a su propia nutrición, sino a la de su futura prole: son exclusivamente las hembras fecundadas las que pican, ya que requieren las proteínas de la sangre para fabricar sus huevos. Los machos, por el contrario, se alimentan únicamente de jugos vegetales. 

Para el biofísico del Instituto Tecnológico de Georgia, David Hu, quien ha investigado de cerca el comportamiento de estos insectos, la efectividad de su ataque es sorprendente: 

«¿Cómo pueden encontrarnos tan fácilmente unos animales tan simples?», cuestiona el investigador, señalando que en la respuesta a esta pregunta se encuentra la clave para combatirlos. 

Un «radar» químico que funciona a 50 metros 

Para localizar a sus víctimas, los mosquitos emplean una estrategia de búsqueda infalible guiada por estímulos químicos. La pista primaria es el dióxido de carbono (CO2) que todos los seres vivos expulsamos al respirar. 

Los insectos detectan este gas a través de pelos sensoriales situados en los palpos maxilares (unos apéndices en su mandíbula). Gracias a su sensibilidad, son capaces de percibir variaciones mínimas en el aire y seguir la estela del gas desde una distancia de hasta 50 metros. 

El investigador Floris van Breugel, de la Universidad de Nevada, explica que los mosquitos son expertos navegando las corrientes de aire para rastrear olores: 

«Los insectos son muy buenos encontrando fuentes de olor en muchas condiciones de viento», destaca Van Breugel, cuyas investigaciones demuestran que estos animales pueden incluso recordar las rachas de aire que les llevan estímulos olorosos para buscarlas de nuevo. 

La clave definitiva: Ácido láctico y genética 

Si bien el CO2 activa el «programa de ataque» del mosquito y pone su visión en alerta, el factor definitivo que determina a quién elegir una vez que están cerca (a menos de 20 centímetros) es el olor corporal. Este factor depende de la genética de cada persona en un 85 %. 

Al aproximarse, el insecto se guía por el calor y por compuestos como el ácido láctico, un elemento que las células humanas liberan al procesar energía y que se excreta a través de la piel mediante el sudor. Debido a que la producción de este compuesto es heredable, algunas personas emiten una firma olfativa que resulta irresistible para los receptores de las patas del mosquito. 

Esto también explica por qué ciertos hábitos influyen en las picaduras: 

  • Hacer ejercicio: Al entrenar, el cuerpo se acalora, suda y exhala más CO2 y ácido láctico, convirtiéndose en un imán para los insectos. 
  • El embarazo: Las mujeres en etapas avanzadas de embarazo exhalan un 21 % más de CO2, lo que cuadra con la observación científica de que reciben más picotazos. 
La trampa de los virus: El caso del dengue 

Esta investigación cobra especial relevancia en países tropicales como Ecuador, donde enfermedades como el dengue, el zika y la chikungunya son constantes amenazas para la salud pública. 

El mosquito Aedes aegypti, principal transmisor del dengue en Ecuador, se caracteriza por sus rayas blancas y negras. (Foto: Pexels)

Estudios recientes liderados por el Dr. Penghua Wang, de la Universidad de Connecticut, revelaron que los virus son capaces de «manipular» el olor de los contagiados para atraer a más mosquitos y así expandirse más rápido. La infección altera la microbiota de la piel para producir acetofenona, un compuesto químico sumamente atractivo para los insectos. 

El Dr. Wang explica la gravedad de este mecanismo evolutivo: 

«Cuando los mosquitos no infectados pican a estos huéspedes atractivos [personas ya enfermas], pueden después picar a otras personas y extender más el virus». 

Para los científicos, comprender estas complejas firmas de olor no solo sirve para desmentir mitos como el de la «sangre dulce», sino que es el camino para diseñar repelentes mucho más efectivos y salvar vidas en las regiones más vulnerables al dengue. 

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